Filosofía: Agustín de Hipona

INTRODUCCIÓN

Agustín de Hipona (354-430) nació en Tagaste (actual Argelia) en la África romana. La lectura de Cicerón le inclinó hacia la búsqueda de la sabiduría. Se hizo seguidor del maniqueísmo, una secta religiosa fundada por el persa Mani, que defendía la existencia de un principio del bien y un principio del mal en constante lucha, que también se dan en el ser humano. Negaba la responsabilidad humana en los males cometidos, pues estos son debidos al dominio del mal sobre una parte de su alma. Tras un viaje a Italia se adhirió al escepticismo. La filosofía neoplatónica le permitió interpretar el cristianismo de forma racional, fe a la que se convirtió en el año 387. A partir de este momento acepta de la filosofía únicamente las ideas afines a la fe cristiana. Su pensamiento fue decisivo para la Edad Media, pues supuso la síntesis entre cristianismo y platonismo que permaneció hasta el siglo XII, momento en que Santo Tomás de Aquino reinvindicará el pensamiento de Aristóteles para el cristianismo.

PROBLEMA DEL CONOCIMIENTO/REALIDAD

Según san Agustín, razón y fe son complementarias. La fe tiene que comprenderse con los procedimientos de la razón. La razón es falible e insuficiente, sin la fe está expuesta a error. No hay que entender para creer, sino creer para entender. No se trata de una fe ciega, sino que el filósofo cristiano tiene que esforzarse por comprender las verdades de la fe. La razón interviene en dos etapas: en la primera etapa, la razón precede a la fe al examinar aquello que es posible creer razonablemente. En la segunda etapa la razón ha de seguir a la fe, pues la fe busca y la inteligencia encuentra. La fe guía a la razón y la razón profundiza en la fe. La razón está supeditada a la fe, pero la fe es el medio (y no el fin) para llegar a la verdad.

La búsqueda de la verdad es necesaria, el ser humano tiene una tendencia innata hacia la sabiduría. La verdad nos hace sabios, y en la sabiduría está la auténtica felicidad, llamada beatitud. En un primer momento, san Agustín se plantea si es posible alcanzar un conocimiento verdadero en contra de la creencia de los escépticos de que la verdad es imposible de encontrar. Tras superar estos argumentos, se plantea cómo puede alcanzarse la verdad. Según san Agustín, los escépticos que afirman que la verdad es inaccesible están reconociendo que existe una verdad y los que dudan de todo caen en una contradicción, pues el hecho de dudar es una verdad: aquel que duda sabe con toda certeza que está dudando. En esta certeza no interviene los sentidos, puesto que se trata de un conocimiento que el alma tiene de sí misma por una experiencia interior. Existen, según san Agustín, diferentes niveles de conocimiento que se corresponden con tres tipos de fuentes para obtener la verdad:

Conocimiento sensible: lo tienen animales y hombres. Se obtiene a partir de los sentidos. Es inconsistente y está sujeto a cambios y errores, por lo que produce conocimiento inseguro. No es conocimiento verdadero, porque este tendría como objeto las cosas inmutables y no el mundo sensible, pero aun así se trata de un saber necesario para la vida práctica. Es el nivel más bajo de conocimiento.

Conocimiento racional: sólo lo posee el ser humano, que establece juicios sobre realidades, basándose en modelos inmateriales, universales y eternos. El conocimiento racional surge cuando nuestros sentidos captan un objeto sensible y nuestra mente reconoce su forma y lo identifica con una idea. Será verdadero si hay correspondencia entre el objeto concreto y la idea que se toma como modelo. La verdad es la adecuación del intelecto a la cosa, llamada verdad lógica (correspondencia entre los objetos materiales y concretos del mundo sensible con la idea impresa en el alma, procedente del mundo inteligible) en la Edad Media. Estas verdades inteligibles son necesarias y se prueban mediante una operación de la razón. Se imponen a la razón por el hecho de existir fuera de ella, están más allá de la razón (la trascienden). La verdad está en la razón, pero por encima de la razón. Para justificar las verdades racionales o inteligibles, san Agustín recurre a las ideas ejemplares o especies eternas, que son aquellas que necesitan de un Ser que las contenga (Dios). Como Dios es verdadero por sí mismo, estas verdades son ontológicas (se produce cuando una entidad es verdadera por sí misma).

Contemplación de las ideas: es el nivel más elevado de conocimiento. Consiste en contemplar las ideas eternas únicamente a través de la mente, sin que intervengan los sentidos, lo que conduce a la sabiduría y sólo es posible por la iluminación divina, pues la luz de Dios que ilumina el alma humana y le permite descubrir en su interior el reflejo de las ideas.

El concepto de iluminación supone que la iniciativa del conocimiento parte de Dios, que ilumina el alma. No hay en la naturaleza del hombre ninguna facultad de conocimiento independiente de Dios. El conocimiento requiere, por tanto, una búsqueda en el propio interior del alma, donde el hombre encontrará la verdad, es decir, a Dios.

Según san Agustín, Dios crea el mundo a partir de la nada, porque sólo Dios es eterno, es trascendente. Además, Dios crea el mundo fuera del tiempo, porque el tiempo empieza en el momento de la Creación. Dios crea el mundo por libre voluntad, por amor, para hacer participar a las criaturas de su perfección, ya que las criaturas tienen dependencia de Dios. La materia ha sido creada por Dios: y por tanto no puede ser el origen del mal. La Creación se actualiza a través de las rationes seminales (razones seminales), semillas invisibles de todas las cosas que han sido, son y serán y que Dios habría creado al principio y de una sola vez. Se desplegarán cada una a su tiempo, por lo que no es necesario que Dios intervenga después de la Creación para que el mundo marcho por sí mismo.

PROBLEMA DEL SER HUMANO

El hombre es la obra maestra de la Creación y está compuesto de alma (inmortal) y cuerpo (mortal). Según san Agustín, el hombre posee un alma racional capaz de conocer, lo que le diferencia de los animales que tienen un alma sensible, por lo que pueden sentir, pero no razonar. El alma humana está constituida por una razón inferior, que sólo puede conocer las cosas sensibles, y una razón superior, que puede llegar a contemplar las ideas o verdades eternas, la auténtica sabiduría, gracias a la iluminación divina. El alma es inmortal, lo que depende del hecho de que puede aprehender las verdades eternas, inmortales, demostrando así que ella también lo es. El deseo de felicidad absoluta (la beatitud) sólo puede hallarse en el conocimiento de las verdades eternas. El alma ha sido creada por Dios, por tanto es temporal, puesto que ha comenzado a existir en algún momento, lo que implica que san Agustín niega la eternidad del alma, pero duda sobre si Dios ha creado cada alma directamente y de manera individual (creacionismo) o si el alma se transmite de padres a hijos (traducianismo). En un principio se decantó por el traducianismo, para explicar la transmisión del pecado original, pero finalmente se inclinó por el creacionismo. Por último, el alma posee tres facultades: memoria (nos permite saber quiénes somos), inteligencia (nos permite conocer) y voluntad (nos permite querer). Se corresponden con la Trinidad divina: Dios Padre (identidad), Dios Hijo (inteligencia) y Espíritu Santo (voluntad).

El alma es el principio que da vida al cuerpo, pero es superior a él y no puede verse afectada por él. Cuando el cuerpo recibe un estímulo externo, el alma produce una imagen, por lo que la acción la realiza el alma sin la influencia del cuerpo. En el alma tiene lugar la iluminación divina que hace posible la auténtica sabiduría. La unión de alma y cuerpo es el compuesto que constituye el hombre y ambas cosas han sido creadas por Dios. El cuerpo ha llegado a ser prisión del alma a causa del pecado original, del que habrá de liberarse, pero no fue colocada en el cuerpo como castigo por las faltas cometidas.

PROBLEMA DE LA ÉTICA/MORAL

San Agustín propone una ética de la felicidad, es decir, eudemonista: el fin de la conducta humana es la felicidad, la vida buena o beatitud, que sólo puede encontrarse en Dios con ayuda de la gracia divina. El hombre tiende hacia lo que es superior a él, busca la unión con un objeto inmutable, Dios, que puede hacerle feliz. La voluntad impulsa al alma mediante el amor, entendido como caridad cristiana, hacia Dios, pero también hacia el prójimo. La voluntad es libre de inclinarse hacia el bien o hacia el mal.

El origen del mal no puede estar en la materia, ya que esta ha sido creada por Dios y por tanto es buena. San Agustín habla de un concepto de mal como privación: el mal es la ausencia de un bien, por lo que no tiene sentido adjudicarle una causa eficiente. El mal moral (pecado) consiste en la privación de un bien. El alma, cuya naturaleza es dirigirse hacia Dios, se aparta de su bien y se hace esclava del cuerpo. El mal nace de un uso inadecuado que el hombre hace de su libre albedrío, es decir, de su capacidad para elegir libremente. Es el hombre el responsable del mal y no Dios. No se obra mal por ignorancia, sino en uso del libre albedrío con el que Dios nos ha dotado.

El cristianismo se basa en la idea de que Dios pedirá cuentas al hombre de sus actos y le premiará o castigará en la otra vida. Esta idea implica, por tanto, la libertad humana, pues Dios solo podrá pedir cuentas al hombre si este tiene libertad para decidir entre el bien y el mal. El hombre, por tanto, ha sido creado libre, con la capacidad de volverse hacia Dios o apartarse de él. Sin embargo, san Agustín distingue entre libre albedrío y libertad, pues el primero es la capacidad para obrar voluntariamente y que, a partir del pecado original, está orientada hacia el mal, mientras que la libertad es la capacidad para hacer únicamente buen uso del libre albedrío. La auténtica libertad consiste en esto y necesita de la gracia divina.

Desde el momento en que comete el pecado original, el hombre conserva únicamente un libre albedrío frágil para elegir si amar a Dios, porque la voluntad tiende a la felicidad, que solo puede ser encontrada en Dios. El alma humana es un alma caída a causa del pecado original, tiende hacia la materia y acaba tiranizada por el cuerpo, no puede evitar pecar. La humanidad está condenada por el pecado original. San Agustín defiende que el alma caída no puede salvarse por sí misma si Dios no le concede la gracia de poder levantarse, que Dios otorga a los elegidos por él. Esta gracia hará libre a la voluntad, porque la auténtica libertad consiste en hacer buen uso del libre albedrío, es decir, de hacer el bien y no el mal. Sin la gracia, el libre albedrío no querría el bien o, en caso de quererlo, no podría realizarlo. El efecto de la gracia no es suprimir la voluntad, sino convertirla de mala en buena. Este poder de usar bien el libre albedrío es la libertad.

PROBLEMA DE LA SOCIEDAD/POLÍTICA

San Agustín aborda el problema de la sociedad en La ciudad de Dios, una obra escrita como reflexión sobre la historia desde el punto de vista cristiano, pues en ella afirma que la historia humana es la historia de la redención de los hombres por Dios. El nacimiento de Cristo marca los tiempos históricos: el pasado (antes de Cristo), el presente (en Cristo) y el futuro (después de Cristo y hasta el final de los tiempos). La historia es, por tanto, una línea temporal que avanza desde la creación hasta la llegada al reino de Dios.

Según Agustín de Hipona, desde el principio de la historia, dos ciudades conviven en el mundo: la ciudad de Dios y la ciudad terrenal. Cada uno de nosotros pertenece a una ciudad, en función de si ama a Dios o se ama a sí mismo y cada uno puede saber a cuál de las dos ciudades pertenece si mira en su interior. Esta división no se corresponde con la división entre Iglesia cristiana y sociedad civil, pues ninguna institución representa en la tierra la ciudad de Dios. En el presente, estas dos ciudades metafóricas se encuentran entremezcladas, pero en el Juicio Final, ambas se separarán: sólo los que pertenecen a la ciudad de Dios, los que aman a Dios, se salvarán.

San Agustín afirma, asimismo, que sólo en un Estado cristiano puede haber verdadera justicia y es la Iglesia, que encarna los principios cristianos, la que debe transmitirlos al Estado, siendo, por tanto, superior a él. San Agustín defiende la intervención de la Iglesia en la sociedad civil. Esta teoría se interpretó en la Edad Media en el sentido de identificar la Iglesia con la ciudad de Dios, considerando que el poder temporal, el Estado, debe estar supeditado al poder espiritual, la Iglesia. Esta doctrina se llamó agustinismo político.

PROBLEMA DE DIOS

Según san Agustín, la naturaleza de Dios escapa a la comprensión del hombre. Demuestra la existencia de Dios mediante varios argumentos. En primer lugar, Dios se hace visible a través de sus efectos, es decir, las criaturas son la prueba de que Dios existe pues, dado el orden, disposición, belleza y movimiento del mundo y de todas las cosas visibles, se prueba que solo pueden haber sido hechos por Dios. En segundo lugar, se basa en la prueba del consentimiento universal afirmando que la humanidad entera coincide en considerar que hay un ser superior a todas las cosas. En tercer lugar, sitúa a Dios como fundamento de la verdad, dado que el ser humano juzga las cosas sensibles a partir de ideas que están impresas en su alma, ideas que solo pueden proceder de un ser inmutable y eterno.

En cuanto a la naturaleza de Dios, afirma que está más allá de lo que podemos comprender y expresar. Esto se denominó teoría negativa, pues solo podemos decir de Dios lo que no es, ya que está más allá de lo que el alma humana puede comprender. Dios es inmutable, mientras que todas las demás criaturas son mutables y todo lo que cambia está falto de ser como tal, pero tienen ser (son) porque reproducen el modelo ideal que está en la mente de Dios, aunque esa reproducción es imperfecta. En las cosas se da una mezcla de ser y no ser. No han podido crearse a sí mismas, por lo que han debido ser creadas por Dios.

Según san Agustín, Dios crea el mundo a partir de la nada, porque sólo Dios es eterno, es trascendente. Además, Dios crea el mundo fuera del tiempo, porque el tiempo empieza en el momento de la Creación. Dios crea el mundo por libre voluntad, por amor, para hacer participar a las criaturas de su perfección, ya que las criaturas tienen dependencia de Dios. La materia ha sido creada por Dios: y por tanto no puede ser el origen del mal. La Creación se actualiza a través de las rationes seminales (razones seminales), semillas invisibles de todas las cosas que han sido, son y serán y que Dios habría creado al principio y de una sola vez. Se desplegarán cada una a su tiempo, por lo que no es necesario que Dios intervenga después de la Creación para que el mundo marcho por sí mismo.